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la llegada a Colombia

“Buenas tardes, señores, mi nombre es Didi Drake y vengo patrocinada por el club Rotario Internacional de Sayre, Pennsylvania en los Estados Unidos de América.”

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Esas palabras eran las primeras que dije en castellano. Era agosto de 1984. Tenía 16 años. Acababa de llegar a Villavicencio, Colombia, para un año de intercambio estudiantil y como miembro de un programa juvenil del Club Rotario Internacional. Tuve que memorizar mi corto discurso de presentación porque no hablaba nada de castellano todavía. Un vecino de mi familia anfitriona me escribió las frases en un papelito y me ayudó a aprender a pronunciarlas.

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viajar, observar, participar, cambiar

Sin duda, ese año me cambió la perspectiva de la vida para siempre. Tuve experiencias (buenas, normales y no tan buenas) que todavía me marcan. También delimita la época en la que empezaba a gestionar mi vida en otros idiomas y ver el mundo en varios tonos de gris y no sólo en blanco y negro (o sea, bueno/malo, seguro/inseguro, y etcétera). Pero de eso os hablaré otro día.

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la guerra de voluntades

No podíamos elegir a dónde nos mandaban de intercambio, pero en la solicitud podíamos enumerar tres países. Recuerdo que puse primero Suecia porque la estudiante de intercambio en mi colegio en aquel entonces era de Suecia; en segundo lugar, Alemania porque tenía una amiga con raíces en ese país; y tercero, Japón, simplemente porque era la sugerencia de mi hermana. ¿Y por qué no?

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no podíamos elegir a donde nos mandaban de intercambio

El comité decidió mandarme a Colombia, y aunque estaba contenta de haber ganado una plaza, me sentí desilusionada cuando abrí el sobre con el resultado. Sabía que mis papás no me permitirían aprovechar la oportunidad.

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era jovencita, no entendia …

Desde hace muchos años cada verano mi familia pasaba una semana o un par de días con la familia de un amigo que mi papá hizo en su niñez. Este señor era ingeniero civil y trabajaba en proyectos multinacionales en muchos países latinoamericanos.  Por lo general, nos reuníamos en la casa de campo de mi familia en el distrito “Finger Lakes” de Nueva York, y mientras nosotros los pequeños jugábamos, escuchábamos también las conversaciones de los mayores.

espacio_colores_verticalEra jovencita todavía y no entendía nada sobre la guerra contra los narcotraficantes, o la guerra civil en Colombia, y menos la guerra empresarial para ganar campo y clientes. Pero al haber escuchado a escondidas las conversaciones de los adultos sobre la región, pude entender en mi corazón que iba a empezar una guerra de voluntades:  hacerme estudiante de intercambio o no.

Así fue. Mis papás me dijeron que no. Era demasiado inseguro y peligroso, la instalación sanitaria y el transporte inseguros, y (el último pretexto me gustó muchísimo) estaba lejos de casa y hablaban castellano.

10 días en Francia

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“Bon jour!”

El año antes de hacerme estudiante de intercambio quería ir con el club de estudios francés a un viaje a Francia:  10 días, 8 sitios, al precio de XXXX dólares. Mis papás me dijeron que no, que era un viaje demasiado corto para conocer la vida y la cultura actual de Francia; que no aprendería nada de francés estando con los amigos del colegio, que no conocería a ninguna persona, ni familia francesas y que costaba demasiado dinero. En aquel entonces, no estaba de acuerdo con sus opiniones, pero me vencieron y no fui a Francia. Os adelanto que al año siguiente cuando les gané yo.

Punto por punto

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Un año es mucho más tiempo que 10 días. Iba a vivir en el mismo sitio por un año, con una familia, ir al colegio con los chicos de la ciudad como cualquier otra persona joven, incluso tendría que aprender hablar el idioma local para tener éxito académico porque mis estudios de lengua extranjera hasta el momento eran en francés. Encima, había ganado una beca. El viaje, en grandes rasgos, no tendría muchos gastos para mis papás.

mi campaña

Sí, pues, mis papás admitieron que sus argumentos contra el viaje a Francia ya no estaban vigentes, pero de todos modos seguían con el argumento de que Colombia era un país inseguro y se quedaban con dudas de permitirme hacer el viaje. Entonces empecé una campaña de información:  encontré a personas en la comunidad con experiencias recientes en Colombia, y las presenté a mis padres.

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¿un mar en calma?

En el pueblo vecino acababa de regresar una chica después de un año de intercambio en Bogotá y una maestra de mi colegio y su marido acababan de adoptar a una niña colombiana de 3 años. La maestra habló de un hombre que trabajaba en un banco en nuestra comunidad que recientemente había viajado de vacaciones a las Islas del Rosario a 100 kilómetros de la costa de Colombia, en el Caribe. Justo antes de llamar al señor del banco para invitarle a hablar con mis papás sobre su experiencia, ellos cedieron y me dieron permiso para irme un año de intercambio estudiantil.

una ensalada de vocabulario, modismos y expresiones locales …

Y así es como como aprendí a hablar castellano. Era estudiante de intercambio por un año en Colombia y lo aprendía pasando con mis compañeros del colegio, vagando y haciendo las cosas que solían hacer jóvenes, es decir, no mucho. Todo menos estudiar.

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viajar, aprender

Y por haberlo aprendido de manera informal no he asimilado mucha gramática y otras reglas lingüísticas. Sí, sé hablar castellano y después de Colombia fui a vivir otros años más a Ecuador (en 1988), Chile (en 1989), y México (de 2000 al 2006).

Tuve más experiencias bonitas y ricas, incluso en términos lingüísticos. En América Latina hay mucha variedad del castellano así como la diversidad en la península ibérica. Mi castellano es como una ensalada. Muchos brotes de varios tamaños, formas, sabores y con toques de los lugares donde he vivido. Hay “jitomate” – la palabra para el tomate en México, “chícharo” – la palabra para la judía verde en México, y “choclo” – la palabra para el maíz en la región de los Andes.

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Ahora vivo en Valencia, en el estado Español y quiero asimilar la gramática y el vocabulario local. Mi tarea es convertir mi ensalada mixta a una ensalada valenciana (jajaj) y poco a poco agregar aún sazón local y aprender también el idioma local, el valenciano. Os cuento como lo llevo otro día.

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“el mercat central de València” y qué gusto, ¡otro idioma para aprender!

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