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viaje de recuerdos

Viajar, el acto de ir y conocer a nuevas personas que viven en lugares lejanos, cercanos y enterarme de lo que está pasando por aquellos lares es lo que más me ha motivado. Volver para visitarlos es importante y emocionante.

Sin embargo hasta que la pandemia se disminuye, definitivamente no iré muy lejos de casa.

bici_01Recientemente, unos amigos me invitaron a Cataluña y otros amigos a Galicia y – no puedo creer lo que voy a decir – aún no me he decido definitivamente, creo que no me vaya. Tengo todavía tiempo. Vigilaré la situación sanitaria, pero espero que haya mejorado antes para sentirme más segura al viajar.

Hasta entonces, solo voy a viajar por los rincones de mis recuerdos.

El primer gran viaje de mi vida me la cambió totalmente. Lo hice cuando tenía 16 años. Fui estudiante de intercambio patrocinado por el Club Rotario Internacional y la experiencia me llenó de entusiasmo por viajar y conocer a otras gentes y otros modos de vivir, y como ellos ven el presente, qué esperan del futuro, y como recuerdan el pasado. Hay muchas cosas que nos unen a los seres humanos pero lo más cautivador de la vida son las diferencias. Ya sabía algo de esto antes del viaje, pero en Colombia lo llevé a otro nivel y me parece un buen punto de partida para este viaje de hoy.

colombia

avion04 Era el 18 de agosto de 1983, volé de La Guardia, Nueva York a Santa Fe de Bogotá, Colombia. Fue un día histórico para mí. Marcó la primera vez que me marché de los Estados Unidos. No sé si siempre recordaré la fecha pero hasta el momento la siento cada año con anhelo y cariño. Lo veo como mi aniversario personal de contestar a la “llamada a la aventura” para tomar prestado una frase del mitólogo Joseph Campbell.

¡Aye, madre mía! Aventura y Colombia. Hay mucho que podría decir. Pero empezaremos con una pregunta sencilla: Ahora, después de tantos años y de haber vivido en varios países extranjeros ¿Qué me llama la atención sobre este viaje?

Me dieron más ganas de viajar. Esta experiencia me planteó aún más ganas de viajar y el efecto ha tardado unos treinta años en reducirse. Este punto era evidente.

Y luego me sentía perpleja, ¿qué más hay para decir sobre este viaje? Fue hace mucho tiempo, pero seguí pensándolo y al final se me ocurrieron unos puntos más.

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observación y aprendizaje de lo cotidiano

el español

Me hizo reír a carcajadas cuando me di cuenta, después de una semana considerando esta pregunta, que aprender el español, ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Sin duda, y lo recuerdo, hubo un tiempo cuando no hablar español era un gran problema y desafió para mí. Cuando me fui no hablaba nada de español. Había prestado un libro de texto de español y las cintas de audio de la biblioteca el verano antes de la partida. Entonces mi punto de partida no fue cero, sino casi.

Relaciones con las familias de acogida

Viví con tres familias diferentes durante este año en Villavicencio, Colombia. Como todas las familias del mundo tenían sus propias culturas y normas familiares idiosincráticas.

Era consciente de como funcionan familias antes de irme. Crecí en una familia extensa donde había muchas visitas a los abuelos y a los tíos. Y por supuesto, las fiestas de pijamas con amigas. Sabía que diferentes familias operaban cada una a su manera.

Me sentí en casa y feliz con las tres familias. En aquel entonces y aún ahora, aprecio que cambié de familia. Me dio una experiencia íntima con las tres familias muy diferentes. Recuerdo que me sentía la más feliz con la última familia, pero años después, me pregunto si eso era el resultado de una adaptación gradual a la cultura y a sus gentes.

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Fueron las cosas más pequeñas las que me sorprendieron o me llamaron la atención. Ahora que entiendo mucho más sobre la interculturalidad reconozco que muchas de mis dudas o desasosiegos eran por las diferencias entre una cultura colectivista, que pone más atención en las relaciones y una cultura individualista, que da más importancia en el hacer, en las tareas antes de las relaciones.

saludos, salidas y sobremesa

Cuando cualquier persona de la familia, incluso yo, salía de o volvía a la casa, siempre nos despedíamos y saludábamos y charlábamos un poco o mucho sobre lo que fuera.

A la hora de comer también. Todos nos sentamos a la mesa y luego cuando terminábamos de comer nos quedábamos en la mesa hablando.

En mi familia en los Estados Unidos, también nos sentamos juntos a comer, pero comparado con los colombianos, lo hacíamos rápido para luego poner atención a otras cosas del día.

También en mi día a día en los Estados Unidos era una adolescente a veces traviesa, y por eso intentaba salir de casa sin que nadie se diera cuenta y trataba de mantener mi paradero lo más discreto posible.

En contraste, todo era diferente en Colombia. Me tocaban los rituales de ida y vuelta y las conversaciones sobre a dónde me iba o dónde había estado. Y por ser una de las pocas personas extranjeras y la única estudiante de intercambio en el pueblo, nada que hacía era anónimo o secreto. Pero me dio igual, yo también era mucho menos traviesa. Ni era necesario, la travesura me buscaba. Pero eso será tema para otro día.

entre gustos no hay nada escrito

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Si bien tenía mucho en común con mis anfitriones, también había muchas diferencias. Estoy segura de que algunos me parecieron molestas e inexplicables, pero en su mayor parte recuerdo estar fascinada, al descubrir algo diferente en las prácticas familiares cotidianas, como la gente se saludaba, lo que hacíamos los fines de semana o dónde la familia compraba la comida: en un mercado, pequeñas tiendas, un supermercado o directamente de la granja.

Esta atracción por lo ordinario la atribuyo a mi padre. Cuando me quejaba de que no me gustaba algo, o me resistía a participar en alguna actividad, mi padre expresaba comprensión pero firmeza y decía algo como:

“Tienes que ir, pero no hay una regla que te obliga a disfrutar de la experiencia. Entre gustos no hay nada escrito y lo hace al mundo más interesante. ¡Hale, vamos!”

openheartmindAsí que poco a poco este tipo de cosas se convirtieron en una “cosa mía” cuando me forzaron a participar en actividades que no me gustaban. Luego mi padre hacía un poco de forense de la situación. Me preguntaba: ¿Qué me había gustado? ¿No me había gustado? ¿Qué había visto que fuera nuevo, diferente? ¿Qué era lo mismo de siempre? Y me dijo que las cosas siempre cambian y hay que mirar con cuidado. Pensaba que su intención era castigarme. O me preguntaba por qué era tan malo obligándome a hacer cosas que no me gustaban. Ahora, creo que estaba tratando de enseñarme a tener una mente abierta.

Aquel año en Colombia fue uno de esas experiencias donde, conscientemente e inconscientemente, aprendí más sobre mí que sobre el lugar que visitaba. Para bien, este año me cambió para siempre y me preparó el terreno para los viajes que vendrían luego, y que os contaré otro día.

Gracias por leer y hasta siempre.


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